| La Puerta Grande debió
abrirse también para Ponce
Francisco Martínez Perea
Granada- Se puso el primer «No hay
billetes» del serial y David Fandila ‘El Fandi’
y Cayetano salieron a hombros por la Puerta Grande, algo que
ha dejado casi de ser noticia en el caso del granadino –que
suma la número veintiocho en veintinueve tardes como
matador de toros, casi nada– y que hubiera sido mucho
más solemne y especial si el otro espada actuante,
el maestro Enrique Ponce, les hubiera acompañado en
el cortejo triunfal. Pero en Granada el hombre propone, la
afición dispone y la presidencia, caprichosa y con
escasa sensiblidad muchas veces, descompone.
Lo normal es que hoy, como ayer y como algún
día más, tuviéramos que cargar las tintas
contra el palco por el innecesario enfado provocado a la afición
cuando, de forma unánime y clamorosa, pidió
para Enrique Ponce una segunda oreja que se negó incompresiblemente
–el reglamento andaluz establece que el segundo trofeo
es potestad del presidente, pero que debe tener siempre en
cuenta la demanda del público, que es el que paga y
mantiene la fiesta– pero como no queremos potenciar
protagonismos que están de más, sólo
decirle al responsable del desaguisado que reflexione y que
tenga la necesaria humildad para reconocer que si hay doce
mil espectadores que se han puesto de acuerdo en algo, lo
normal es que no prevalezca el criterio de tres o cuatro,
por muy presidentes que se sientan o por muy entendidos que
se crean.
Y conste que quien esto suscribe, como el resto de espectadores,
recuerda que Enrique Ponce, efectivamente, recetó un
metisaca al burel de su triunfo antes de cobrar una gran estocada
de efectos fulminantes. Pero uno, como el público,
como los doce mil espectadores que se pronunciaron pañuelo
en mano, valoró más la imponente demostración
de torería del maestro valenciano que el pequeño
borrón de un inicial fallo con la espada. Porque Ponce,
don Enrique, fue capaz –palabra que forma parte de su
extraordinaria tauromaquia– de convertir un toro flojo
de salida y gazapón después, en un animal entregado
y colaborador. Y, lo que es mejor, en hacer una nueva demostración
de dominio y técnica hasta lograr, cuando ya parecía
condenada la faena a un trámite bien resuelto, deleitar
al personal con un toreo de los que no pueden dejar a nadie
indiferente, sentido, armónico, poderoso, templado,
largo y profundo. Ponce, al final, se quedó sin la
segunda oreja, pero no sin la admiración de un público
rendido que le obligó a dar una segunda vuelta al ruedo
auténticamente emotiva.
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